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Acuerdo comercial con Estados Unidos: oportunidades para el agro y la industria en un escenario incierto

9 de noviembre de 2025

Las gestiones para cerrar un acuerdo comercial más amplio con Estados Unidos entraron en una fase decisiva y abren un capítulo de alto impacto para la economía argentina. El objetivo declarado del Gobierno es claro: mejorar el acceso de los productos locales al mercado norteamericano, reducir aranceles que hoy encarecen las exportaciones y multiplicar los volúmenes de ventas externas en sectores clave como la carne vacuna, la energía y la industria metalúrgica. En la narrativa oficial, este entendimiento se presenta como una pieza central del plan para sostener un crecimiento sostenido del producto en los próximos años.

En los últimos días, voceros gubernamentales dejaron trascender que uno de los puntos más avanzados de la negociación es la ampliación del cupo de exportación de carne argentina con aranceles reducidos. La posibilidad de cuadruplicar los volúmenes que actualmente ingresan con tasas preferenciales genera entusiasmo en la cadena agroindustrial, que ve allí una oportunidad para capitalizar la reputación del país como productor de alimentos de calidad. Sin embargo, el entusiasmo viene acompañado de interrogantes sobre la capacidad de la industria frigorífica para responder a una demanda creciente sin descuidar otros mercados estratégicos.

Otro capítulo sensible del posible acuerdo es el que involucra al acero y al aluminio. En los últimos años, estos productos enfrentaron aumentos significativos de aranceles para ingresar al mercado estadounidense, lo que encareció costos y redujo la competitividad de empresas locales con largo historial exportador. La industria metalúrgica y siderúrgica espera que una renegociación de esas condiciones abra la puerta a una recuperación de volúmenes de venta y a la puesta en marcha de inversiones que hoy están en pausa. Al mismo tiempo, algunos sectores plantean la necesidad de que cualquier apertura venga acompañada de políticas que protejan el empleo y la agregación de valor en el territorio nacional.

La negociación incluye, además, temas vinculados a propiedad intelectual, patentes y protección de marcas. Para Estados Unidos, el respeto a los derechos de autor en áreas como la salud, la biotecnología y la producción de semillas es un punto central. Del lado argentino, el desafío consiste en encontrar un equilibrio que permita acceder a mejores condiciones comerciales sin habilitar un esquema de regulaciones que limite el desarrollo de industrias locales o encarezca el acceso a tecnologías estratégicas. Se trata de un terreno donde los detalles técnicos de los textos pueden tener consecuencias profundas y duraderas.

La discusión no se agota en los términos del intercambio comercial. Detrás del acuerdo late una definición de rumbo geopolítico. Fortalecer la alianza con Estados Unidos implica, en los hechos, tomar partido en un contexto internacional marcado por la competencia entre grandes potencias y por la reconfiguración de cadenas globales de valor. Para un país que busca simultáneamente mantener vínculos con otros socios relevantes, como Europa, China y el resto de América Latina, será clave construir una agenda que diversifique relaciones sin quedar atrapado en lógicas de alineamiento automático.

En el plano interno, el eventual acuerdo ya genera debates y tensiones. Los sectores que aspiran a beneficiarse de una mayor apertura celebran la posibilidad de ganar previsibilidad y expandir sus negocios. Otros, en cambio, advierten sobre riesgos para ramas industriales que podrían enfrentar una competencia más dura, tanto en el mercado externo como en el interno. La experiencia histórica de programas de apertura abrupta, que dejaron un saldo de cierres de fábricas y pérdida de empleo, todavía pesa en la memoria de amplios segmentos de la sociedad y de la dirigencia.

Las provincias también siguen el tema con atención. Aquellas con fuerte presencia agroexportadora o con polos industriales vinculados a acero, aluminio, maquinaria o insumos energéticos entienden que el resultado de la negociación puede impactar directamente en sus niveles de actividad y en su recaudación fiscal. La expectativa es que el Gobierno nacional comparta información, incorpore las preocupaciones regionales y defina instrumentos de acompañamiento para sectores que podrían verse desplazados si la competencia se intensifica en algunos nichos de mercado.

Más allá de los detalles técnicos, la pregunta de fondo es cómo se integrará un eventual acuerdo comercial en una estrategia de desarrollo de largo plazo. Si las mejoras arancelarias se traducen solamente en un aumento de exportaciones primarias o de productos con bajo valor agregado, el impacto sobre el aparato productivo será limitado. En cambio, si se utilizan para promover inversiones en infraestructura, innovación y capacitación laboral, el país podría dar un salto en la calidad de su inserción externa. Esto exigirá políticas públicas activas, capaces de orientar los beneficios de la apertura hacia la diversificación productiva.

En un contexto de restricciones cambiarias y de necesidad de dólares, el Gobierno tiene incentivos fuertes para acelerar la firma del entendimiento. Sin embargo, la rapidez no debería ser enemiga de la transparencia. Un debate ordenado en el Congreso y en la sociedad sobre las cláusulas principales del acuerdo, sus ventajas y sus costos, sería una señal de madurez institucional. Permitiría, además, construir un respaldo político más amplio y reducir la posibilidad de futuras marchas y contramarchas que pongan en cuestión los compromisos asumidos.

El desenlace de esta negociación dirá mucho sobre la capacidad de la dirigencia para pensar la política comercial como una herramienta al servicio del desarrollo y no solo como un instrumento coyuntural para conseguir divisas. Abrir mercados es una condición necesaria, pero no suficiente. Lo que está en juego es si el país logra usar esa apertura para generar empleo de calidad, fortalecer su tejido productivo y mejorar el bienestar de la población, o si se limita a repetir ciclos de ilusión y desencanto que ya forman parte de su historia reciente.

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