El término feminismo no es antónimo de machismo

No puede concederse cabida a la idea de que el feminismo y el machismo sean dos polos opuestos que se neutralizan mutuamente. Ese prejuicio, tan repetido en discursos públicos, es una trampa semántica y política que desdibuja los conflictos reales del poder y la igualdad en las sociedades contemporáneas. Pensar que quien no es machista debe automáticamente definirse como feminista revela, en el mejor de los casos, una ingenuidad conceptual; en el peor, una estrategia discursiva para disolver el protagonismo de las luchas por la igualdad.

El machismo opera como sistema de dominación. No es simplemente una actitud individual, un desliz verbal ni un rasgo cultural aislado: es una estructura social que ha moldeado instituciones, normas, expectativas, lenguaje y relaciones de poder durante siglos. Eso implica que, aunque una persona pudiera renunciar a discursos explícitos de supremacía masculina, seguiría estando inmersa en un dispositivo social que favorece al varón en múltiples ámbitos: salario, representación política, autonomía, seguridad corporal, reconocimiento cultural, entre otros.

El feminismo, por contraste, no aspira a revertir esa lógica, sino a desmontarla. No busca invertir jerarquías, sino disolverlas; no pretende que la mujer ostente la supremacía frente al hombre, sino que ambos géneros —junto con las identidades no binarias— participen en igualdad de condiciones de derechos, dignidad, responsabilidades y oportunidades. En ese sentido, el feminismo no es el «opuesto» del machismo, sino su antídoto, una fuerza correctiva que interpela el orden establecido.

Cuando los medios reproducen frases como «no soy ni machista ni feminista», lo que hacen es instalar una apariencia de neutralidad que en realidad es complicidad con el statu quo. Esa aparente distancia evidencia una ilusión: la de estar “equidistante” sin asumir que hay un lado del conflicto en el que se está más beneficiado estructuralmente. Decir “no me meto” frente a las disputas por la igualdad es asumir tácitamente que las condiciones no cambian para quien ocupa posiciones de privilegio o al menos de menor vulnerabilidad.

Un fenómeno que acompaña a esta confusión discursiva es la invocación del término “hembrismo” como supuesto reverso simétrico del machismo. Se usa –frecuentemente– para desacreditar las críticas feministas: quien advierte desigualdades es acusado de “hembrista”, es decir, de pretender la supremacía femenina. Pero en realidad el hembrismo carece de respaldo sistemático como fenómeno estructural. No hay instituciones que históricamente hayan privilegiado sistémicamente a las mujeres sobre los hombres. En cambio, sí hay estructuras históricas que han privilegiado a los varones.

El uso del hembrismo funciona como ariete rhétorico: introduce una falsedad simétrica para neutralizar la demanda de justicia. Su valor no está en describir una realidad social coherente, sino en deslegitimar toda crítica feminista al remacharla en la lógica de “excesos” o “radicalismos”. Es una estrategia más de desarme: si el feminismo es presentado como equivalente en perjuicio al machismo, entonces basta con criticar ambas por igual y soslayar el desequilibrio de partida.

La paradoja es que, al equiparar estos términos, se borra la historia. Se oculta el largo camino de exclusión que ha sometido a la mujer a discriminaciones —legales, culturales, simbólicas— que el feminismo ha denunciado y combatido. Por supuesto que hay mujeres y colectivos que, en su discurso o práctica concreta, pueden caer en actitudes de hostilidad hacia los hombres identificados en un género binario. Pero eso no se inscribe en una estructura dominante ni sistemática de poder. No es lo mismo un episodio aislado que un entramado institucional persistente.

La responsabilidad de los periodistas, intelectuales y opinadores es, por lo tanto, resistir esa tentación del equilibrio falaz. No todo discurso debe recibir el mismo peso solo por establecer un supuesto “contrapunto”. En el campo de la igualdad, hay que reivindicar el valor de la posición que denuncia el privilegio invisible. El feminismo no exige un favoritismo inverso; exige la desaparición de privilegios injustificados basados en género.

Además, no puede obviarse que el lenguaje —las palabras, los marcos, las metáforas— también son territorio de disputa política. Cuando se instala en el habla común la equivalencia “machismo = feminismo”, se normaliza la idea de que reclamar derechos para alguien implica necesariamente perjudicar a otro. Se promueve una narrativa de escasez moral: quien exige igualdad es acusado de tomar “algo” que pertenece al otro. Eso es falso. La igualdad no resta dignidad ni derechos al hombre; más bien desmantela prerrogativas históricas que han sido el privilegio de un género sobre otro.

Un punto clave en esta discusión es la interseccionalidad: las desigualdades no se experimentan de la misma manera según clase, etnia, orientación sexual, discapacidad, lugar geográfico, etc. Un feminismo comprometido no ignora esas intersecciones. Tampoco reduce su discurso a un enfrentamiento hombre-mujer sino que articula alianzas frente a múltiples violencias estructurales. Esa complejidad queda borrada en los discursos que reducen la polémica a “¡ambos extremos son malos!”. Esa falsa equivalencia puede ser un refugio cómodo para quienes no quieren ver las ventajas que gozan sin advertirlas.

En última instancia, afirmar que “el feminismo es lo contrario del machismo” equivale a asumir que quien no es machista ya es feminista. Pero hay una vasta zona intermedia que no es ni lo uno ni lo otro: aquel que no asume activamente el feminismo podría seguir reproduciendo silencios, omisiones, prejuicios sutiles, microdiscriminaciones o complacencias simbólicas con el patriarcado. Abstenerse del feminismo no es un gesto inocuo; es una decisión política.

La tarea profesional del periodismo exige claridad conceptual y valentía para nombrar el conflicto sin disimulos. En los tiempos de redes sociales, mensajes rápidos y polarización, puede haber mayor tentación de emplear fórmulas del estilo “ni esto ni aquello”. Pero es precisamente allí donde la función crítica adquiere más valor: desenmascarar la estrategia discursiva, restablecer la asimetría real de poder, evidenciar que la igualdad no es un término neutral sino una conquista histórica con deudas pendientes.

Quien sostenga que “no milita en nada” en esta confrontación de discursos resulta ingenuo o cómplice. Porque la actitud aparente de neutralidad ha servido históricamente para perpetuar injusticias. Decir “yo no nomino esas cosas” no impide que se nombren, ni que exista la desigualdad. Quien calla o soslaya contribuye a endurecer las barreras invisibles.

Conviene, para cerrar, subrayar una propuesta central: hay que trasladar el debate del plano retórico al plano político. No basta con refutar el uso insidioso del término hembrismo, ni con denunciar la falacia de “feminismo = machismo invertido”. Es urgente redoblar el impulso a cambios estructurales: leyes, cultura educativa, distribución del poder, representación simbólica, transformación de roles e imaginarios. La igualdad verdadera no se consigue con decretos retóricos, sino con accionar comprometido y una mirada que supere la dualidad dicotómica.

En suma: no es lícito colocar al feminismo y al machismo como opuestos equiparables. Esa idea oculta más de lo que revela, descompone la historia y suaviza las demandas de justicia. El feminismo no es una versión femenina del poder, sino su cuestionamiento irreductible. Y quien rechaza esa visión —o pretende desactivarla con la palanca del hembrismo— corre el riesgo de perpetuar silencios que aún mantienen muchas desigualdades vivas.

Octavio Chaparro

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