Murió Jane Goodall a los 91 años

La muerte de Jane Goodall a los 91 años no clausura una biografía extraordinaria: inaugura una vara para medir nuestra propia relación con la vida en la Tierra. Durante más de seis décadas, la primatóloga británica convirtió la observación paciente en un arte, la ciencia en puente moral y el asombro en método. Su legado rebasa el registro académico; se proyecta como un idioma para narrar el mundo natural sin reducirlo a cifras ni sentimentalismos. Hoy, mientras gobiernos, empresas y ciudadanos se disputan el sentido de la transición ecológica, su voz resuena con una advertencia simple y radical: no hay progreso posible si ignoramos la comunidad de seres a la que pertenecemos.

Goodall irrumpió en la historia de la etología en 1960, cuando llegó a lo que hoy es el Parque Nacional Gombe, en Tanzania, con una libreta, unos prismáticos y una terquedad serena. Aquel plató de colinas boscosas, a orillas del lago Tanganica, parecía un escenario demasiado vasto para una joven sin títulos universitarios formales en biología. Pero Louis Leakey intuyó que su mirada, libre de dogmas, podía ver lo que la academia daba por supuesto o, peor aún, no se atrevía a preguntar. La decisión de nombrar a los chimpancés —David Greybeard, Flo, Fifi— en lugar de numerarlos no fue un gesto naíf: fue un manifiesto epistemológico. Al reconocer individualidades, abrió la puerta para documentar personalidades, estrategias y emociones en cada animal, y con ello desmontó el prejuicio de que la objetividad exige deshumanizar lo observado.

El descubrimiento que la colocó en los libros de texto llegó en una escena breve: un chimpancé manipulaba una rama despojada de hojas para extraer termitas. El hallazgo del uso de herramientas en un gran simio resquebrajó una frontera simbólica que definía lo humano. Si fabricar y utilizar instrumentos no era exclusivo de nuestra especie, ¿qué otros monopolios morales y cognitivos debíamos revisar? La pregunta operó como una palanca: no solo para expandir la comprensión del comportamiento animal, sino para cuestionar la arquitectura de nuestro antropocentrismo.

La investigación de Gombe reveló también aquello que la literatura edulcorada evitaba: los chimpancés cazan y comen carne; establecen jerarquías; entablan alianzas; despliegan ternura y ferocidad; adoptan crías huérfanas y, en ocasiones, practican una violencia que recuerda demasiado a la humana. La famosa guerra entre comunidades registrada en la década de 1970 obligó a abandonar la noción de una naturaleza intachable, ingenuamente armoniosa. Para Goodall, aceptar esa ambivalencia nunca significó renunciar a la compasión: significó mirarla a los ojos para responsabilizarnos mejor.

Consciente de que las selvas no se salvan solo con papers, Goodall saltó del campamento científico al aula pública. Fundó en 1977 el Instituto Jane Goodall y más tarde el programa Roots & Shoots, una red global que alienta a niñas, niños y jóvenes a emprender acciones concretas —plantar árboles, reciclar, restaurar hábitats, mejorar el bienestar de los animales, fortalecer comunidades— con una pedagogía de esperanza práctica. No se trataba de sermonear, sino de construir ciudadanía ecológica a partir de pequeños triunfos cotidianos que, sumados, cambian el ánimo de una sociedad.

En tiempos de discursos crispados y soluciones mágicas, Goodall defendía una ética de la paciencia. Rehusó los panfletos del “todo o nada” y prefería la pregunta incómoda: ¿qué puedes hacer hoy, aquí, con tus vecinos? Su optimismo no era inocente; era un músculo trabajado contra la inercia del cinismo. Bajo esa convicción se convirtió en mensajera de paz de Naciones Unidas, recorrió el mundo con una agenda agotadora y prestó su autoridad científica para frenar proyectos destructivos, denunciar el tráfico de fauna, mejorar los estándares del bienestar animal y exigir que la transición energética no repita los viejos extractivismos con ropaje verde.

La crítica académica —indispensable en toda empresa científica— cuestionó durante años la posible influencia del observador en Gombe y el sesgo que podía introducir la provisión de alimentos en ciertos periodos iniciales. Goodall reconoció esas tensiones y contribuyó a que la etología de campo mejorara sus protocolos. Pero la discusión metodológica no eclipsa la evidencia acumulada: sus diarios, filmaciones y series de datos de largo plazo han sido replicados, ampliados y revisados por generaciones de investigadoras e investigadores que, lejos de idolatrarla, construyeron sobre su trabajo un andamiaje más sólido. La ciencia no canoniza: corrige, compara, se contradice y, si tiene suerte, aprende. En ese juego riguroso, Goodall sigue de pie.

El legado cultural de Jane Goodall es tan profundo como el científico. Nos enseñó a contar historias del mundo natural sin infantilizarlo, a hablar de animales sin transformarlos en decorado y a vincular conservación con dignidad humana. Fue cuidadosa al recordar que no hay selvas sin comunidades que prosperen alrededor. La pobreza y la falta de alternativas empujan la deforestación tanto como la codicia. De allí su énfasis en proyectos que integran educación, salud, acceso a agua segura y economías locales resilientes: la conservación no puede ser una valla que excluya a quienes siempre han vivido con el bosque.

En su última etapa, su voz se volvió faro para una juventud que sospecha de los discursos vacíos. Goodall no prometía finales felices automáticos; ofrecía herramientas para trabajar la esperanza. Explicaba que los cambios sociales se parecen más a la sucesión ecológica que a una revolución instantánea: el suelo se prepara, brota una especie pionera, llegan polinizadores, se repara la sombra y, con el tiempo, emerge el bosque. Esa mirada botánica sobre la política climática ayudó a muchas personas a salir de la parálisis del “ya es tarde”.

¿Qué nos queda tras su partida? Primero, un método: observar sin prisa, anotar, contrastar, volver al sitio, admitir cuando la teoría no calza y resistir la tentación de forzarla. Segundo, una brújula: cualquier innovación que desprecie la vida ajena —humana o no— es, por definición, mala innovación. Tercero, una obligación: proteger los grandes simios, sus corredores biológicos y los bosques tropicales de los que depende el clima del planeta.

El desafío no es retórico. África central y occidental siguen perdiendo cobertura forestal por expansión agrícola, tala ilegal y minería; la fragmentación del hábitat empuja el contacto peligroso entre humanos y fauna; el comercio de carne de animales silvestres y el tráfico ilegal de primates persisten. Sin políticas de ordenamiento territorial, aplicación de la ley, financiación transparente y participación de las comunidades, cualquier discurso conservacionista se evapora. Goodall lo sabía y por eso hizo del instituto una plataforma de incidencia: ciencia aplicada y gobernanza, datos y acuerdos, pasion y presupuesto.

También nos deja preguntas exigentes para el Norte global. ¿Podemos reducir el consumo material sin delegar la explotación en otros continentes? ¿Estamos dispuestos a transformar las cadenas de suministro que alimentan la deforestación —soja, carne, cacao, aceite de palma, minerales críticos— y exigir trazabilidad real, no slogans? La honestidad intelectual que Goodall reclamaba implica medir la huella oculta de nuestras comodidades y asumir la responsabilidad que nos corresponde.

En el plano de las ideas, su legado ayuda a desmontar la falsa dicotomía entre conservación y desarrollo. El futuro requiere restauración ecológica con empleo de calidad, infraestructura basada en la naturaleza, ciudades esponja, agricultura regenerativa, energías limpias con estándares sociales y ambientales verificables, y ciencia ciudadana que convierta al público en actor y no en espectador. La obra de Goodall demuestra que la ética puede ser pragmática y que la política pública puede aprender del bosque.

Las nuevas generaciones de primatólogas —muchas inspiradas por su camino— ya están ampliando el estudio comparado de la cognición, el lenguaje y la cultura en primates. La pregunta por la “continuidad” entre especies dejó de ser una provocación filosófica y se volvió un programa de investigación. Las tecnologías no invasivas, el análisis genómico, el monitoreo acústico y los modelos de aprendizaje automático ofrecen hoy un arsenal metodológico que complementa, no sustituye, la observación paciente que Goodall reivindicó. El riesgo no es la tecnología, sino la prisa por convertirla en espectáculo.

Si algo definió a Jane Goodall fue su coherencia. No romantizó la naturaleza para venderla; la defendió para compartirla. Sabía que el asombro es un recurso renovable que se cultiva con maestra y tiempo. Frente al ruido, eligió la conversación; frente a la violencia simbólica, la escucha; frente al dogma, la curiosidad.

Hoy sus amigos y colegas plantan árboles en su memoria. Es un gesto sencillo y perfecto: arraigar el recuerdo en la tierra que ella ayudó a comprender. Pero ninguna ceremonia será suficiente si no transformamos la emoción en política pública y hábitos cotidianos. Lo más honesto que podemos hacer en su nombre es cuidar los territorios donde aún prospera la vida, mejorar los que hemos degradado y garantizar que los pueblos que custodian esos espacios sean protagonistas y beneficiarios.

Cuando un faro se apaga, las embarcaciones miran al cielo en busca de constelaciones. Goodall deja un mapa: cada chimpancé liberado, cada bosque restaurado, cada niña que decide estudiar ciencias, cada comunidad que encuentra en la conservación una alianza para su bienestar. Ese es el idioma que ella nos enseñó a hablar: el de los vínculos que reparan.

Su muerte nos recuerda que la biografía de una persona puede cambiar la biografía de un planeta. Las páginas de su vida —ciencia, activismo, educación— ya forman parte de la memoria cultural de nuestra especie. Honrarla no es escribirle un epitafio: es continuar su trabajo con humildad, rigor y alegría, sabiendo que el mundo se transforma menos con opiniones ruidosas que con ejemplos persistentes. El resto es silencio, bosque y una tarea: mirar de nuevo, como si fuera la primera vez.

Octavio Chaparro

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