Estado de la educación en Argentina
La educación argentina enfrenta hoy una encrucijada histórica. Si bien el acceso a la escolaridad se ha ampliado a lo largo de las últimas décadas y la secundaria es obligatoria desde 2006, los resultados muestran que garantizar la asistencia no equivale necesariamente a asegurar aprendizajes de calidad. La distancia entre la expectativa social y política y los logros efectivos se ha vuelto una brecha cada vez más visible.
Un reciente informe de la organización Argentinos por la Educación reveló un dato preocupante: de cada 100 estudiantes que ingresaron al sistema en 2013, apenas 10 lograron terminar la secundaria en 2024 en tiempo y forma, con aprendizajes satisfactorios en Lengua y Matemática. Esto significa que el 90% restante, aun cuando muchos permanecieron dentro de la escuela, no consiguió alcanzar las metas mínimas esperadas. En comparación, en países vecinos como Chile o Uruguay, los indicadores son más alentadores, lo que refleja una brecha regional que debería llamar la atención.
El desempeño desigual entre áreas disciplinares también aporta elementos para el análisis. Lengua ha mostrado una mejora sostenida desde 2013, con un incremento cercano al 2,7% a nivel nacional en el número de estudiantes con rendimientos satisfactorios. Este progreso está vinculado a políticas específicas de alfabetización y comprensión lectora aplicadas tanto en primaria como en secundaria. Sin embargo, la mejora en Lengua contrasta con el marcado retroceso en Matemática: allí se registra una caída de 5,5 puntos en el promedio nacional, con provincias donde el deterioro fue incluso mayor. Esta asimetría no es casual y plantea un desafío estratégico sobre qué competencias se consideran prioritarias en el diseño curricular.
Los especialistas coinciden en señalar que la pandemia de COVID-19 fue un punto de inflexión. Durante 2020 y parte de 2021, la escolaridad a distancia afectó de manera muy desigual a los alumnos. Mientras algunos pudieron sostener clases virtuales con dispositivos y conectividad adecuados, otros miles quedaron marginados por la falta de recursos. Matemática, al ser una disciplina secuencial, fue la más afectada: las lagunas de aprendizaje se acumularon, y la falta de contacto directo con los docentes redujo las posibilidades de corrección temprana de errores. Según algunos cálculos, hasta un 70% del retroceso en matemática puede explicarse por el impacto directo de la pandemia.
Pero la crisis educativa no comenzó en 2020. Ya desde antes se observaban falencias estructurales: programas de formación docente desactualizados, metodologías pedagógicas ancladas en la repetición mecánica, escasez de recursos en las escuelas de contextos vulnerables, y poca articulación entre Nación y provincias. A ello se suma una marcada correlación entre nivel socioeconómico y rendimiento académico: los estudiantes de sectores más pobres son los que menos posibilidades tienen de egresar con aprendizajes satisfactorios. Esta desigualdad educativa reproduce la desigualdad social y reduce las posibilidades de movilidad.
Otro factor que incide es la discontinuidad política. La educación argentina ha estado marcada por programas que nacen y mueren con cada gestión. La falta de consensos de largo plazo impide consolidar políticas que trasciendan gobiernos y que tengan continuidad suficiente para mostrar resultados. Así, iniciativas prometedoras quedan truncas al cabo de pocos años, generando frustración tanto en docentes como en estudiantes.
Frente a este panorama, los especialistas proponen un conjunto de medidas urgentes y de mediano plazo. En primer lugar, diseñar un programa nacional de recuperación matemática que incluya clases de refuerzo obligatorias, tutorías individuales y el uso de tecnologías interactivas. En segundo lugar, fortalecer la formación docente, especialmente en didáctica matemática y en estrategias para contextos de vulnerabilidad. En tercer lugar, ampliar las becas y los apoyos materiales para garantizar que la pobreza no sea un obstáculo para permanecer y rendir en la escuela. Finalmente, repensar el currículo para que la secundaria resulte más atractiva y significativa para los jóvenes, vinculando contenidos con el mundo del trabajo y la ciudadanía.
Existen experiencias positivas que pueden servir de inspiración. En provincias como La Rioja o Chaco, se registraron mejoras notables en Lengua gracias a planes de alfabetización focalizados. En la Ciudad de Buenos Aires, las escuelas de jornada extendida han mostrado mejores resultados en comprensión lectora. Estos casos demuestran que, con recursos, planificación y continuidad, es posible revertir tendencias negativas. La pregunta es si habrá voluntad política y social para escalar estas experiencias a todo el país.
En conclusión, el estado de la educación secundaria en Argentina es preocupante pero no irreversible. Los avances en Lengua prueban que el sistema tiene capacidad de resiliencia. Sin embargo, la crisis en Matemática demanda medidas urgentes y sostenidas. No se trata solo de mejorar calificaciones: está en juego la posibilidad de que los jóvenes cuenten con herramientas para insertarse en un mundo laboral cada vez más complejo y para ejercer plenamente su ciudadanía. La educación no es un gasto, es una inversión de la que depende el futuro del país. Postergar las soluciones es condenar a otra generación a la desigualdad y la frustración.
Octavio Chaparro