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Transición verde y contrato productivo argentino

4 de noviembre de 2025
La discusión sobre el nuevo compromiso climático asumido por el gobierno argentino suele presentarse en clave técnica, con referencias a inventarios de emisiones, metas intermedias y horizontes temporales. Sin embargo, detrás de ese lenguaje especializado late una cuestión profundamente política: qué tipo de contrato social y productivo se quiere construir para las próximas décadas. La actualización de los objetivos ambientales no es, en este sentido, un trámite diplomático, sino una oportunidad para repensar cómo se produce, se invierte y se distribuyen los beneficios del crecimiento en un país atravesado por la desigualdad. La primera constatación es que la transición verde no es un fenómeno futurista, sino una realidad que ya está condicionando el comercio internacional, las cadenas de valor y las decisiones de inversión. Mercados que exigen trazabilidad ambiental, regulaciones que penalizan productos de alta huella de carbono y empresas globales que incorporan criterios de sostenibilidad en sus estrategias anticipan un escenario en el que competir será cada vez más difícil para los países que no se adapten a tiempo. El nuevo compromiso climático argentino debería leerse, entonces, como un intento de inscribirse en ese mapa antes de que los márgenes de maniobra se reduzcan aún más. Pero la adaptación a este nuevo contexto no puede limitarse a cambios cosméticos. Requiere revisar el modo en que se organizan sectores clave, desde el agro hasta la energía, pasando por la industria y los servicios. La expansión de proyectos vinculados al gas, al litio o a otras actividades intensivas en recursos naturales abre la posibilidad de fortalecer la balanza comercial y atraer inversiones. Al mismo tiempo, plantea el desafío de evitar que esas oportunidades se traduzcan en enclaves desconectados del resto de la economía y con impactos ambientales difíciles de revertir. En este punto entra en juego la dimensión federal del problema. Las provincias donde se concentran los proyectos estratégicos reclaman un papel protagónico en la definición de las reglas y en la distribución de los beneficios. Sus sociedades locales conviven con las consecuencias directas de las decisiones sobre uso de suelo, agua y energía. Un compromiso climático que se diseñe exclusivamente desde el centro político, sin incorporar a los territorios, corre el riesgo de reproducir una lógica vertical que ya ha mostrado sus límites en otros ámbitos de política pública. La noción de “transición justa” ofrece un marco útil para ordenar estas discusiones. No se trata sólo de reducir emisiones, sino de hacerlo de un modo que no amplifique las brechas sociales ni deje a sectores enteros a la intemperie. Trabajadores de industrias tradicionales, comunidades que dependen de actividades extractivas y pequeñas economías regionales necesitan saber qué lugar ocuparán en el nuevo esquema. La política debe ser capaz de proponer caminos de reconversión, formación y diversificación productiva que acompañen el proceso, en lugar de limitarse a anunciar metas a futuro sin responder a las preocupaciones del presente. También el sistema financiero se ve interpelado por esta agenda. La disponibilidad de crédito para proyectos con impacto ambiental positivo, los criterios que aplican los bancos para evaluar riesgos y la posibilidad de desarrollar instrumentos innovadores —como bonos vinculados a objetivos de sostenibilidad— pueden contribuir a alinear incentivos. Sin un ecosistema de financiamiento coherente con el compromiso climático, las buenas intenciones corren el riesgo de quedar encapsuladas en documentos que no logran mover la aguja de las decisiones concretas. La política interna introduce, además, un componente de desconfianza que no puede ignorarse. Parte de la ciudadanía observa con recelo los anuncios ambientales, sea porque teme que se traduzcan en mayores costos o porque sospecha que se trata de estrategias comunicacionales sin correlato real. Recuperar credibilidad exige transparentar datos, reconocer limitaciones y evitar promesas maximalistas. Un compromiso climático más modesto pero cumplible puede resultar, a la larga, más valioso que una lista de objetivos ambiciosos que cambian con cada ciclo político. Frente a este panorama, el Congreso tiene la oportunidad de convertirse en un ámbito clave de construcción de consensos. Debates sobre ordenamiento territorial, protección de bosques, desarrollo de energías renovables o incentivos fiscales pueden contribuir a dar densidad institucional a la estrategia climática. Si estas discusiones se abordan con una lógica de confrontación inmediata, el resultado será previsible: normas inestables, judicialización y poca eficacia en la aplicación. Si, en cambio, se asume que la cuestión ambiental atraviesa a todas las fuerzas políticas y afectará a varias generaciones, es posible avanzar hacia acuerdos que sobrevivan a los cambios de gobierno. La comunidad científica y las organizaciones sociales también juegan un papel relevante. Su aporte puede ir más allá de la denuncia o la crítica, ofreciendo evidencia, propuestas y canales de participación que enriquezcan el diseño de políticas. Incorporar estos insumos desde el inicio del proceso, y no sólo en la etapa de legitimación simbólica, ayudaría a evitar errores costosos y a construir mayor apropiación social de las medidas. Un compromiso climático que se siente a la mesa con estos actores tendrá más chances de traducirse en cambios concretos que uno elaborado entre pocos. En definitiva, la actualización del compromiso climático argentino puede ser el punto de partida de un nuevo contrato productivo o un episodio más en la larga serie de anuncios sin implementación consistente. La diferencia residirá en la capacidad del sistema político para integrar esta agenda en la discusión más amplia sobre modelo de desarrollo, distribución del esfuerzo y equidad territorial. Pensar el clima como una cuestión económica, social e institucional —y no sólo ambiental— es un paso indispensable para que la transición verde deje de ser un eslogan y se convierta en una política de Estado sostenida en el tiempo. El desafío, como siempre, está en el cómo. Las decisiones que se tomen en los próximos años sobre infraestructura, matriz energética y regulaciones productivas condicionarán las oportunidades de las generaciones futuras. Un compromiso climático que asuma esta responsabilidad y actúe en consecuencia puede ayudar a ordenar prioridades y a evitar atajos de corto plazo que comprometan el mañana. En un país acostumbrado a navegar urgencias, animarse a pensar la transición verde en términos de proyecto colectivo es, quizás, el aspecto más transformador de esta discusión.
Octavio Chaparro