Después del ajuste: cómo evitar otra década perdida
La economía respira tras meses de correcciones duras. Lo inmediato fue contener el desorden: cerrar brechas, ordenar precios relativos, recomponer señales. Pero una sociedad agotada no premia el sacrificio por el sacrificio mismo; exige una hoja de ruta que haga previsible la vida cotidiana. La pregunta ya no es “si” hacía falta ajustar, sino “para qué” y “cómo” se sale del ajuste sin recaer en los mismos vicios que nos trajeron hasta aquí.
Tres anclas deberían guiar el día después: moneda confiable, gasto sostenible y reglas estables. Cualquier atajo que postergue estas tres condiciones termina por encarecer el remedio. La inflación no baja solo con discursos; necesita disciplina fiscal, coordinación monetaria y un calendario transparente que alinee expectativas. Sin horizonte, la inercia se come la paciencia social.
El segundo frente es el de las tarifas y los subsidios. No hay magia: lo que el Estado no cobra en la factura lo paga con impuestos o con inflación. Pero el ordenamiento puede ser gradual y previsible. Hace falta un cronograma público, trimestral, con topes y revisiones técnicas, acompañado por una red de protección bien focalizada. La clave es sacar la discrecionalidad de la ecuación y devolverle al usuario una regla clara.
En paralelo, el crédito productivo debe volver a ser un puente y no un privilegio. La economía real necesita instrumentos simples: descuento de facturas ágil, garantías recíprocas que funcionen y menos trámites que devoren márgenes. Un sistema financiero que premie al que invierte y exporta vale más que mil anuncios. Menos ventanillas, más reglas automáticas.
El mercado laboral demanda modernización con sentido común. No se trata de abaratar el trabajo, sino de encarecer menos la contratación formal y reducir la incertidumbre del conflicto. Un esquema que proteja al trabajador con seguros bien diseñados, que combata el empleo no registrado con incentivos y que simplifique contribuciones en sectores de alta rotación puede ampliar la base de la formalidad sin deteriorar derechos.
En materia tributaria, hay que abandonar el reflejo de subir tributos distorsivos cada vez que falta caja. Producir y exportar no puede ser un pecado fiscal. La transición exige compromisos verificables: por cada punto que mejore la recaudación por ampliación de base y digitalización, un punto menos de impuestos que castigan el trabajo y el comercio exterior. La política debe atarse las manos para que el progreso no sea reversible a la primera necesidad coyuntural.
El federalismo es otro capítulo pendiente. No todo puede financiarlo la Nación ni toda obra merece la misma prioridad. Se impone una matriz costo–beneficio transparente, con proyectos que muestren su impacto en productividad y que sean auditables de punta a punta. Menos discrecionalidad, más concursos, métricas y resultados; la infraestructura es política pública, no trofeo partidario.
También urge normalizar el vínculo con el sector externo. El exportador necesita una ventanilla única que reduzca tiempos y sorpresas. Si la consigna es “producir y venderle al mundo”, entonces la regla debe ser la simplicidad: menos permisos anómalos, menos excepciones, más trazabilidad. Cuando el riesgo regulatorio baja, la inversión sube sin necesidad de subsidios eternos.
El capítulo institucional no es accesorio. Los países que progresan blindan sus reformas con consensos amplios y mecanismos de control. La oposición responsable vale tanto como el oficialismo eficiente: ambos deben preferir los acuerdos verificables a la épica estéril. Sin un núcleo común de políticas estables, cualquier nuevo ciclo de prosperidad será frágil.
La salida está a la vista: cambiar la lógica de la emergencia por la de la previsibilidad. La sociedad ya hizo su parte ajustando el cinturón. Ahora le toca al Estado hacer la suya: gastar mejor, regular menos y rendir cuentas más. Si esta vez cumplimos, el crecimiento dejará de ser promesa para volver a ser experiencia. No se trata de esperar milagros, sino de construir confianza, día tras día, con reglas que no cambien según el humor del calendario político.
Evitar otra década perdida depende de decisiones concretas y medibles. No hace falta inventar el fuego: basta con encender la lámpara de la previsibilidad y sostenerla encendida. El resto —la energía creativa de la gente, la fuerza de las pymes, el talento exportador— ya está en marcha y solo pide algo elemental: que no le corran el arco cada seis meses.