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Mayorías operativas y pactos legislativos: el sendero para ordenar la agenda de reformas

2 de noviembre de 2025

El resultado de las legislativas dejó un paisaje político menos fragmentado y, sobre todo, más proclive a la construcción de mayorías operativas. La dinámica posterior expuso un dato central: la gobernabilidad no depende solo del número de bancas, sino de la capacidad para articular acuerdos estables que transmitan previsibilidad a los actores económicos y tranquilidad a la ciudadanía. Con esa premisa empieza a dibujarse una hoja de ruta en la que el oficialismo explora entendimientos con sectores moderados para impulsar un conjunto de reformas administrativas, laborales y tributarias, mientras calibra tiempos, costos y beneficios de cada paso en el Congreso.

Esa búsqueda de consensos ocurre en un contexto que demanda señales claras. En las últimas semanas, los indicadores de actividad y consumo mostraron variaciones heterogéneas y el humor social reflejó el cansancio de ciclos de expectativas que ascienden y se frenan sin consolidación. La política, interpelada por ese cansancio, intenta evitar la tentación del atajo y, en cambio, propone una secuencia institucional: ordenar la agenda, jerarquizar proyectos, y dotarlos de un lenguaje común que permita navegar la complejidad sin forzar la máquina. Se trata, en términos prácticos, de reconstruir confianza en cámara lenta, cuidando la forma y el fondo.

Una primera estación de esa hoja de ruta es la modernización del Estado. El objetivo no se resume a recortes, sino a rediseños: simplificación normativa, mejora de procesos, digitalización donde todavía persisten trámites analógicos y coordinación entre niveles de gobierno. En paralelo, se abre la discusión sobre la eficiencia del gasto y la calidad del servicio público, vinculando desempeño con objetivos verificables y métricas de cumplimiento. La experiencia de los últimos años demostró que la dispersión institucional multiplica costos y desalienta inversiones; por eso, ordenar estructuras y clarificar responsabilidades se vuelve un capítulo ineludible.

El segundo frente es el mundo del trabajo. La agenda laboral que se baraja introduce conceptos de adaptación sin alterar pilares de protección. Se evalúan formatos que faciliten la incorporación de jóvenes, esquemas de capacitación continua y modalidades de contratación que reconozcan la diversidad productiva del país. El desafío es doble: aumentar la formalidad y elevar la productividad. Para lo primero, los incentivos deben ser claros y temporales; para lo segundo, la clave está en la formación, la innovación y la adopción tecnológica, especialmente entre pymes. Un mercado de trabajo que logre combinar cuidado de derechos con flexibilidad inteligente mejora la competitividad y, a la vez, reduce litigiosidad, costos de entrada y rotación innecesaria.

El tercer componente, tributario, exige dos movimientos complementarios: previsibilidad y simplificación. Previsibilidad para que la planificación de empresas y familias deje de ser un ejercicio de supervivencia trimestral. Simplificación para disminuir el tiempo que el contribuyente dedica a cumplir sus obligaciones y para reducir la discrecionalidad en la aplicación de normas. La discusión no puede soslayar el equilibrio fiscal, pero sí puede discutir la estructura, los incentivos a la inversión y los mecanismos de coparticipación que condicionan el federalismo fiscal. Avanzar hacia un mapa tributario más claro y estable, con menos superposiciones, aporta oxígeno al aparato productivo y fortalece la base imponible sin apelar a parches.

La política sabe, sin embargo, que todo plan normativo requiere una construcción paciente. La ingeniería parlamentaria se apoya en mesas de trabajo, dictámenes escalonados y votaciones segmentadas que permitan distinguir puntos de consenso de los aspectos más controvertidos. Ese método evita que un desacuerdo parcial bloquee el conjunto y, al mismo tiempo, ofrece incentivos para que cada actor mantenga su compromiso en el tiempo. En esa lógica, el oficialismo teje acuerdos con bancadas dialoguistas, y éstas, a su vez, encuentran en la agenda de reformas un terreno propicio para aportar matices y garantías, desde cláusulas de revisión hasta cronogramas de aplicación progresiva.

Un capítulo sensible es la articulación con las provincias. El federalismo no es un decorado; define la distribución de recursos, la prestación de servicios esenciales y los márgenes de acción de cada jurisdicción. Cualquier rediseño tributario o administrativo debe considerar la heterogeneidad de realidades productivas y fiscales: no es lo mismo un distrito con fuerte base exportadora que otro con dependencia del empleo público o del comercio de cercanía. Por eso, la agenda de acuerdos incorpora mecanismos de transición y compensaciones temporales para que ningún territorio quede fuera de juego mientras se alinean los incentivos de largo plazo.

La construcción de consensos también dialoga con el sistema productivo. La inversión —nacional y extranjera— demanda reglas claras, estabilidad macro y seguridad jurídica. La señal legislativa no opera en el vacío: su efecto se amplifica cuando se acompaña de una narrativa coherente del Ejecutivo, una coordinación fina con los reguladores y una ejecución administrativa sin sorpresas. En ese ecosistema, las reformas que ordenan expectativas tienen más valor que los anuncios rimbombantes. Una norma bien diseñada, acompañada de reglamentación previsibile y procesos ágiles, puede mover la aguja más que cualquier gesto de coyuntura.

La dimensión social es otro eje insoslayable. Cualquier programa de reformas que aspire a perdurar debe sostener un pacto básico de protección. El entramado de políticas de ingreso, salud, educación y cuidado tiene que reorientarse para ser más efectivo y menos atomizado. La discusión no es si apoyar o no, sino cómo hacerlo mejor: con información de calidad, padrones unificados, trazabilidad del gasto y evaluación periódica de resultados. El objetivo es claro: que la política pública llegue a quien lo necesita, en tiempo y forma, con foco en la primera infancia, la trayectoria educativa y la empleabilidad. Un país que habilita oportunidades revierte, a mediano plazo, las condiciones que reproducen la pobreza.

En términos de calendario, apurar no siempre equivale a avanzar. El Congreso tiene tiempos propios y los mercados, urgencias distintas. La coordinación interinstitucional debe combinar prudencia y determinación: prudencia para que los proyectos lleguen con la madurez suficiente y no se trunquen en el recinto; determinación para que el proceso no quede atrapado en la especulación permanente. Una buena práctica es priorizar un paquete acotado de iniciativas con alto impacto y amplio respaldo, antes que dispersar fuerzas en decenas de medidas que se diluyen. Empezar por lo que concita mayor acuerdo genera un efecto demostración que hace más plausible lo que viene.

El oficialismo y la oposición dialoguista coinciden, además, en que la transparencia es parte del contrato. Difundir los fundamentos técnicos, abrir instancias de participación y publicar los avances y desvíos fortalece la legitimidad de las reformas. La ciudadanía observa con lupa la correspondencia entre discurso y acción: anuncios moderados, implementación consistente y evaluación pública ayudan a sostener la paciencia social en períodos de transición. La política se pone a prueba en la gestión cotidiana, en la capilaridad de las decisiones que afectan trámites, impuestos y oportunidades concretas.

La estabilización macroeconómica, por su parte, no depende exclusivamente de la legislación, pero encuentra en ella un soporte imprescindible. Un marco regulatorio claro reduce riesgos, baja el costo del financiamiento y habilita horizontes de planeamiento que hoy se perciben estrechos. La curva de expectativas mejora cuando hay señales de orden fiscal, coordinación monetaria y previsibilidad cambiaria; y mejora aún más cuando esas señales se respaldan con normas que fijan rumbos, límites y mecanismos de control. El Congreso, en ese sentido, no solo autoriza políticas: define el tablero sobre el que se mueven inversiones, consumo y empleo.

Una reforma razonable no busca ganadores absolutos, sino reglas que permitan competir mejor y proteger a quienes requieren acompañamiento. El éxito se medirá menos por la épica del anuncio que por la persistencia de los resultados: más empleo formal, mayor productividad, menos litigiosidad, trámites más simples, mejor calidad del gasto y un federalismo con incentivos alineados. Si esa brújula se mantiene, la conversación pública puede salir de la trampa del péndulo para ingresar en una dinámica de acumulación institucional, donde cada paso, aunque pequeño, deja un peldaño firme.

También habrá sobresaltos. Todo proceso de reforma convive con intereses legítimos y visiones encontradas. La diferencia entre el camino fértil y el estéril radica en cómo se procesan los conflictos. Cuando hay canales de diálogo, información compartida y voluntad de ajustar lo necesario, los desacuerdos no paralizan: ordenan y mejoran. Por eso, el método importa tanto como el contenido. Una política que asume límites, que escucha y que organiza prioridades transmite autoridad sin prepotencia y autoridad es, al fin y al cabo, la moneda más escasa en tiempos de incertidumbre.

Las legislativas dejaron una oportunidad: un margen para ordenar la agenda y para forjar una mayoría de gobierno que sepa tender puentes hacia la mayoría social. Si la conducción política logra combinar prudencia y firmeza, si el Congreso encuentra un patrón de acuerdos prácticos y si la administración ejecuta con profesionalismo, el horizonte puede despejarse gradualmente. No habrá atajos, pero sí una senda de progreso posible, sustentada en la previsibilidad, el respeto a la ley y la convicción de que el desarrollo no se decreta: se construye, día a día, con instituciones que funcionan y una comunidad que percibe, en su vida cotidiana, que el esfuerzo vale la pena.

Octavio Chaparro