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Inflación mensual repunta en septiembre, pero la anual sigue en mínimos plurianuales

2 de noviembre de 2025

La inflación argentina volvió a mostrar un leve repunte en septiembre, interrumpiendo la tendencia descendente de los últimos meses, aunque sin alterar el cuadro general de desinflación que sostiene la economía desde comienzos del año. Según estimaciones privadas y datos oficiales, el índice de precios al consumidor habría subido alrededor de un 2,1% mensual, impulsado por ajustes en servicios regulados y actualizaciones tarifarias, mientras que la variación interanual descendió a su menor nivel en más de siete años.

El dato es relevante no solo por su magnitud, sino también por su composición. Buena parte del aumento proviene de rubros que responden a decisiones administrativas o de costos contenidos, como electricidad, transporte o combustibles, más que a una presión generalizada de la demanda. En contraste, la inflación núcleo —aquella que excluye precios estacionales y regulados— se mantuvo contenida, reflejando cierta estabilidad de precios en el segmento privado no regulado. Esto sugiere que el proceso de desinflación de fondo sigue firme, aunque con oscilaciones mensuales inevitables.

La evolución reciente consolida una dinámica inédita en la última década: por primera vez, la inflación anual se ubica por debajo del 35%, lo que representa un logro significativo considerando los registros de dos y tres dígitos de los años previos. Este cambio responde a una combinación de factores: una política monetaria más previsible, menor indexación salarial, un tipo de cambio más ordenado y la moderación del gasto público. No obstante, las presiones de costos y la inercia inflacionaria persisten, especialmente en el terreno de los precios regulados, que siguen siendo un componente sensible para la estabilidad general.

El desafío inmediato para las autoridades será sostener esta tendencia sin caer en los extremos de la política económica: ni frenar la actividad con un ajuste excesivo, ni alimentar la inflación con un relajamiento prematuro. El equilibrio entre disciplina y crecimiento se ha convertido en el eje central del debate económico, sobre todo cuando las expectativas de los agentes comienzan a anclar en niveles más bajos. La estabilidad, una vez alcanzada, debe ser cuidada con prudencia.

En este contexto, el ordenamiento tarifario ocupa un lugar clave. Las correcciones necesarias en los precios de los servicios públicos son inevitables para reducir subsidios y equilibrar las cuentas fiscales, pero su implementación requiere coordinación para evitar picos de inflación transitoria. Una política de segmentación gradual y previsible podría minimizar impactos sociales y mantener la confianza de los consumidores, que empieza a recuperar lentamente su poder de compra tras años de deterioro.

Otro elemento central es el tipo de cambio. La moderación en la devaluación del peso ha contribuido a estabilizar los precios, pero un atraso cambiario prolongado podría reintroducir tensiones más adelante. Mantener una política cambiaria prudente, que combine previsibilidad con competitividad, resulta indispensable para preservar la credibilidad del programa macroeconómico y evitar nuevas rondas de especulación financiera.

El comportamiento de los precios en alimentos, transporte y salud —sectores con alta incidencia social— será determinante para el pulso de la inflación en el último trimestre del año. Si estos rubros logran contenerse, el objetivo de cerrar 2025 con una inflación anual cercana al 30% podría ser factible, consolidando la fase de estabilización sin un costo excesivo sobre la actividad. En paralelo, la reactivación del crédito al consumo y la moderación de expectativas salariales tienden a reforzar esa senda.

Sin embargo, no todo el terreno está despejado. La volatilidad internacional, la presión fiscal provincial y las futuras negociaciones paritarias pueden introducir nuevos focos de incertidumbre. El margen para errores de política es mínimo, dado que cualquier desvío abrupto podría revertir el esfuerzo de los últimos meses. La experiencia argentina demuestra que la inflación, aun cuando cede, tiende a resistirse a los cambios estructurales si no se acompañan de reformas productivas y fiscales sostenidas.

En síntesis, septiembre deja una advertencia y una oportunidad. La advertencia es que la desinflación no está garantizada: depende de mantener alineadas las expectativas, las tarifas y el tipo de cambio. La oportunidad es que, si se logra consolidar esta fase de estabilidad, el país podría recuperar márgenes de previsibilidad que hace tiempo perdió. En ese escenario, el crecimiento y la inversión podrían dejar de ser promesas para transformarse en realidades concretas.

La inflación baja no es un fin en sí mismo, sino una condición necesaria para que la economía vuelva a funcionar con normalidad. Sostenerla requerirá constancia, transparencia y acuerdos políticos amplios que respalden la continuidad del orden macroeconómico. El tiempo dirá si la sociedad y la dirigencia están dispuestas a sostener ese compromiso más allá de los ciclos electorales.

Octavio Chaparro
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