Los indicadores de actividad muestran algunas señales de estabilización tras un período prolongado de volatilidad. La desaceleración inflacionaria y la normalización de precios relativos generan expectativas más favorables en consumidores y empresas.

La sostenibilidad, sin embargo, dependerá de que la inversión privada retome dinamismo. Para ello resultan clave la previsibilidad regulatoria, la seguridad jurídica y un mercado de crédito que financie proyectos productivos a plazos razonables.

El frente externo puede jugar a favor si las exportaciones de manufacturas y agroindustria consolidan mercados, mientras que un shock negativo de commodities o tasas internacionales más altas actuarían en sentido contrario.

Un programa consistente que combine disciplina fiscal, coordinación monetaria y mejoras microeconómicas es condición necesaria para que la recuperación deje de ser episódica y se convierta en tendencia.

Con ese marco, la economía podría traducir la estabilidad nominal en crecimiento real, empleo y crédito accesible; sin él, el riesgo es volver a ciclos de stop-and-go.