Mirando las entrañas del Populismo
Capítulo 1
1) ¿Qué entendemos por populismo? Definiciones comparadas
Pocas palabras han viajado tanto y con tantos significados como ‘populismo’. Para salir de la maraña, conviene partir de aquellas definiciones que han mostrado mayor poder explicativo en diferentes regiones y períodos. Una familia de definiciones lo concibe como una ‘ideología delgada’ (thin centered ideology): una forma mínima de ver el mundo que divide la sociedad en dos campos homogéneos y antagónicos —el ‘pueblo’ puro frente a una ‘élite’ corrupta— y que afirma que la política debe expresar la voluntad general del primero. Esa ‘delgadez’ permite que el populismo se adhiera —como si fuera un barniz— a ideologías ‘gruesas’ muy distintas (nacionalismo, socialismo, liberalismo económico, ambientalismo), reconfigurando sus prioridades y su lenguaje.
Otra tradición lo entiende ante todo como un estilo de liderazgo y comunicación: más que un cuerpo doctrinario, el populismo sería una manera de hacer política que dramatiza el conflicto, invoca crisis permanentes, simplifica los antagonismos y apela de forma directa —frecuentemente emocional— a ‘la gente común’. Esta mirada subraya el desempeño (performance) del liderazgo en medios masivos y redes, y explica por qué figuras y partidos de orígenes ideológicos diversos pueden acudir a repertorios similares de lenguaje, símbolos y ceremonias públicas.
Un tercer enfoque lo define como una estrategia política de tipo plebiscitario, en la que un líder personalista busca o ejerce el poder apoyándose en una relación directa, poco mediada por instituciones, con grandes contingentes de seguidores heterogéneos. Desde esta óptica, la clave está en la construcción de un vínculo que prescinde —o desconfía— de partidos, burocracias y contrapesos, y que prefiere la consulta directa, el mitin masivo, el decreto y la excepcionalidad procedimental.
2) El ‘pueblo’ y la ‘élite’: una moralización del conflicto
Más allá de matices, las definiciones anteriores comparten un núcleo: la idea de que el populismo moraliza la política. No se limita a denunciar intereses enfrentados (algo normal en democracia), sino que transforma la contienda en un drama ético de ‘pueblo virtuoso’ versus ‘élite corrupta’. De allí se desprenden dos consecuencias frecuentes. Primero, la tendencia al anti pluralismo: si el líder asegura encarnar a la ‘mayoría real’, las disidencias pueden presentarse como ilegítimas o como expresiones de minorías egoístas. Segundo, la tentación de descalificar a árbitros e instituciones —tribunales, organismos de control, medios— por considerarlos capturados por ‘la casta’.
Este componente moral ayuda a entender por qué el populismo resulta tan movilizador en contextos de frustración con el statu quo. El relato ofrece culpables claros y una promesa de redención: limpiar la vida pública de corruptos, quitar intermediarios y devolver el poder a quienes ‘trabajan y sufren’. La fuerza retórica del marco binario, sin embargo, tiene un costo: reduce la complejidad social a dos bloques imaginarios y empobrece la conversación pública.
3) Cómo se construye el ‘pueblo’: demandas, equivalencias y antagonismos
El ‘pueblo’ del que habla el populismo no existe como una esencia previa; es una identidad política en construcción. Se arma hilvanando demandas dispersas —económicas, culturales, territoriales, generacionales— bajo una narrativa común que las presenta como equivalentes frente a un adversario compartido. Esa ‘cadena de equivalencias’ permite convertir malestares diferentes en un nosotros ampliado, con símbolos, gestos y consignas capaces de reconocerse mutuamente: de la factura de la luz al impuesto a la propiedad, de la seguridad barrial al costo del crédito, del orgullo nacional al agravio de sentirse ignorado. En ese proceso, la figura del antagonista —‘los de arriba’, ‘la casta’, ‘los poderosos’, ‘los burócratas’— funciona como cemento emocional.
Esta construcción no es puramente discursiva: requiere organización, dispositivos de mediación (medios, redes, plataformas), rituales de movilización y una estética que condense el sentido de pertenencia. Los colores, los lemas, la música, los escenarios, las coreografías en actos y el uso de una lengua ‘llana’ son parte del repertorio performativo que facilita la identificación y la cohesión. Si el liderazgo consigue articular esas piezas, el ‘pueblo’ deja de ser una suma de individuos descontentos y se vuelve un sujeto político con voluntad común.
4) El estilo populista y la ‘performance’ de la crisis
El estilo populista tiende a escenificar la política como un conflicto urgente que admite pocas demoras. La noción de ‘crisis’ —económica, institucional, moral, de seguridad, de representación— ocupa el centro del escenario. Las redes sociales proveen un megáfono permanente para modular estados de ánimo colectivos, señalar adversarios, fijar agenda y mantener un clima de excepcionalidad. La lógica del escándalo y la simplificación —‘ellos o nosotros’— compite con los tiempos de la deliberación y la negociación, que requieren paciencia, datos y especialistas. Así, la comunicación deja de ser un complemento del gobierno para convertirse en su motor.
5) Liderazgos personalistas y atajos institucionales
La mayoría de las experiencias populistas descansan en liderazgos personalistas. El vínculo carismático promete eficacia —‘yo me encargo’— y autenticidad —‘digo lo que pienso’— frente a instituciones percibidas como lentas o capturadas. No es extraño, por ello, que el repertorio incluya plebiscitos, decretos, reformas de reglas de juego, choques con tribunales, auditorías masivas y purgas burocráticas, además de una preferencia por estructuras organizativas flexibles, con cadenas de mando cortas. El lado fuerte de ese esquema es la capacidad de imprimir ritmo; su flanco débil, la fragilidad de las garantías y la dependencia de un centro de decisión estrecho.
6) Populismo económico: cuando la macroeconomía se politiza
En el terreno económico, varios episodios históricos permiten observar un patrón recurrente: ante sociedades golpeadas por estancamiento, desigualdades y endeudamiento, los gobiernos de impulso populista implementan programas expansivos de gasto y crédito, controles de precios y salarios, apreciación cambiaria y estímulos a la demanda, todo ello acompañado de una retórica de redistribución rápida y reparación social. El arranque suele ser exitoso —reactivación, salarios que corren por delante de los precios, sensación de desahogo—, pero, cuando la capacidad productiva no acompaña y la financiación descansa en emisión o endeudamiento, aparecen cuellos de botella: inflación, pérdida de reservas, desabastecimientos, presión sobre las cuentas públicas. La fase siguiente combina controles más duros y, a menudo, ajustes costosos. La moraleja no es que toda política de inclusión sea ‘populista’, sino que la macroeconomía premia la consistencia intertemporal: si el corto plazo se financia con el largo, la factura llega.
7) Populismo e instituciones: inclusión, representación y riesgos
Una tensión recorre al populismo desde sus orígenes: puede ampliar la participación política de sectores olvidados y, a la vez, debilitar contrapesos que protegen derechos y minorías. En términos democráticos, lo primero potencia la dimensión ‘electoral’ (más voz, más voto); lo segundo erosiona la dimensión ‘liberal’ (límites al poder, independencia judicial, libertad de prensa). Los estudios comparados muestran que, donde el populismo logra concentrar poder de manera sostenida, aumentan las probabilidades de retrocesos en libertades civiles, autonomía de organismos de control y calidad del Estado de derecho. La clave, entonces, es si el ímpetu transformador encuentra cauces institucionales o si los atajos terminan minando la misma legitimidad que se buscaba restaurar.
8) Tendencias recientes: globalización, cultura y tecnologías
La globalización económica, las oleadas migratorias, la revolución digital y los realineamientos culturales han alterado los clivajes políticos en múltiples países. En ese reacomodo, discursos que apelan a la identidad nacional, la soberanía popular, la denuncia de ‘élites cosmopolitas’ o ‘tecnocracias desconectadas’ encontraron terreno fértil. A la vez, la fragmentación de los ecosistemas mediáticos permitió a liderazgos emergentes construir comunidades afectivas intensas y sostenidas al margen de los filtros tradicionales. No debe sorprender, por tanto, que repertorios populistas aparezcan en derechas e izquierdas, en gobiernos y oposiciones, en ámbitos nacionales y locales.
Octavio Chaparro.