Las proyecciones privadas para mayo apuntan, en general, a que la inflación continuará desacelerándose respecto de los meses anteriores. Sin embargo, la expectativa de un nuevo descenso del índice no implica que la economía haya entrado en una etapa de estabilidad genuina. Más bien revela una moderación parcial del ritmo de suba de precios dentro de un contexto todavía dominado por fuerte inercia, correcciones pendientes en precios regulados y un nivel de inflación que sigue siendo muy alto para los estándares de cualquier economía mínimamente ordenada.
Las consultoras que siguen la evolución semanal de precios coinciden en que abril habría cerrado en una zona de entre 2,4% y 2,8%, y el mercado mantiene para mayo previsiones cercanas al 2,3%, 2,6% o incluso algo por encima, según la fuente considerada. El Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central mostró que los analistas aún no observan una caída mucho más contundente en el corto plazo, mientras que otros trabajos privados advierten que, desde la percepción de los hogares, la inflación esperada para los próximos treinta días sigue en niveles más cercanos al 3% o incluso al 4% promedio.
Esta brecha entre las mediciones técnicas y las expectativas sociales no es un detalle menor. Expresa que, aunque algunos componentes del índice puedan desacelerarse transitoriamente, el costo de vida continúa ejerciendo una presión intensa sobre los ingresos reales de la población. La inflación no se vive en planillas estadísticas, sino en la compra cotidiana, en las tarifas, en el combustible, en el alquiler y en los alimentos. Por eso, incluso si el indicador oficial confirma una moderación, el alivio social puede ser mucho más limitado de lo que intenta mostrar el discurso gubernamental.
Hay además varios factores que ponen en duda la solidez de esta desaceleración. En primer lugar, siguen pendientes ajustes en servicios regulados y combustibles que podrían reintroducir presión alcista sobre el índice. En segundo lugar, la llamada inflación núcleo —la que excluye precios estacionales y regulados— continúa reflejando un componente inercial difícil de quebrar en un contexto de expectativas todavía elevadas. Y en tercer lugar, la política económica combina ajuste fiscal severo, licuación de ingresos y administración cambiaria, un esquema que puede comprimir transitoriamente algunos precios sin resolver de fondo los desequilibrios estructurales.
Desde el Gobierno, la desaceleración es presentada como una validación de la estrategia oficial y como una prueba de que el programa económico empieza a dar resultados duraderos. Pero esa lectura aparece, cuanto menos, apresurada. Aun con una inflación mensual más baja que en marzo o abril, el país seguiría operando con una nominalidad demasiado alta, con consumo castigado y con una economía real que absorbe buena parte del ajuste mediante caída del poder adquisitivo, retracción de la actividad en varios sectores y mayor fragilidad social.
El otro punto crítico es que perforar de manera sostenida el piso del 2% mensual continúa siendo una meta esquiva. Diversos analistas remarcan que la economía argentina enfrenta una combinación de inercia, indexación informal y correcciones relativas que dificultan una baja más rápida. En otras palabras, el problema no es solo bajar algunos décimos en un mes, sino sostener una tendencia consistente sin depender de anclas transitorias ni trasladar el costo del ajuste enteramente sobre salarios, jubilaciones y demanda interna.
Desde una mirada crítica, la desaceleración esperada para mayo puede ser leída más como una mejora estadística que como una normalización real. Es posible que el índice muestre un nuevo descenso y que el Gobierno celebre el dato como un éxito político. Pero si esa baja convive con ingresos deteriorados, consumo deprimido, presión sobre tarifas y expectativas inflacionarias todavía elevadas, el alivio será parcial y frágil. La discusión de fondo no es solo cuánto baja la inflación en mayo, sino qué tipo de economía queda después del ajuste.
Por eso, aunque el mercado espere una continuidad en la desaceleración, el dato deberá leerse con cautela. Menor inflación no siempre significa estabilidad, y una economía puede mostrar una mejora relativa en el índice al mismo tiempo que profundiza otros desequilibrios. En la Argentina actual, la verdadera prueba no pasa por un mes con algunos décimos menos, sino por la capacidad de consolidar una baja duradera sin agravar el deterioro social que hoy ya acompaña al programa económico.